Nunca he sido buena en matemáticas,
pero hay números que nunca se olvidan.
-al igual que las personas-
Yo, tan callada y sonriente guardando una auténtica locura en mi interior.
Tu, tan lleno de vida con ganas de comerte el mundo.
Justo en ese momento, no necesitaba a nadie con el que hablar ni siquiera para pasar el rato,
ya tenía mi almohada, testigo de todas y cada una de mis batallas más profundas.
El tren pasó una vez por mi puerta y me la cerraron sin darme una explicación con la que poder desahogarme.
¿Por qué?
El mundo está repleto de por qué que no comprenderé jamás.
Y ahí, en el más profundo de los caos me encontraba yo.
Y pienso que tal vez no sé querer.
Quizás no sepa querer de la forma que tu quieres que quiera.
Posiblemente mi orgullo acabe mordiéndome el estómago poco a poco
como una termita hambrienta en una casa abandonada.
No te lo voy a negar.
Te cogí con ganas, te cogí con miedo.
Y ahora por dentro llueve,
se enmudece la primavera
y espero que se seque el suelo para poder salir y gritar a los cuatro vientos que bailaré bajo la lluvia si pasas a buscarme.
Que si, que te extraño desde aquel 11 de noviembre acurrucados junto a la lumbre de ese grandioso lugar.
Te sorprendiste, mucho más que yo, lo sé
Pero ¿qué más da?
Ya nos estás.
Te fuiste tan pronto como apareciste.
No me dio tiempo a invitarte a un café en el bar de enfrente, ni a mirarte a los ojos y poder decirte todo lo que quería amarte.
¡Cuidado!- me advirtieron mis amigas.
Ya había escuchado el crujido.
Doy un paso hacia delante y piso un cristal
Sobrepasa el zapato y hace herida.
Duele, mucho y sangra.
Pero no te preocupes, se el camino de vuelta a casa.
Suena a roto.
Acércate a mi pecho- te dije.
Colocaste la cabeza en el lugar donde habías dormido tantas veces
Y en ese momento te diste cuenta que ese cristal, era mi corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario