Ella es la chica que no sabe hacerse moños, la que apenas lleva maquillaje porque siempre le han dicho que la belleza está en el interior, la chica que se ríe tanto que incluso la gente se da la vuelta en medio de la gran plaza para averiguar de donde viene tanto alboroto. En realidad, hablando de alboroto, ella entera lo es.
Siempre tiene ganas de juerga y si se propone tumbarte a cervezas, lo hace. Y luego sale corriendo y grita y se ríe y te mira y te besa. Es la chica que de cierta manera siempre te arrastra a su locura. Ella es la que se pone a bailar y a saltar, suene lo que suene. La que lo deja todo por los suyos, por su tierra, porque allí donde brilla el sol y la gente sale a tomar el aire a la puerta es su verdadero hogar. De hecho le asusta el mar, la corriente es demasiado violenta en esa época del año. Ella es la chica que te lo cuenta todo tal como lo siente, sin tapujos, sin mentiras que hacen daño y por supuesto es la que nunca te va a juzgar por como seas. Jamás te montará un drama ya que no le gusta perder el tiempo con tonterías, bastante tiene ya con la Universidad en esa capital que le está comiendo por dentro lentamente, parece no dejar secuelas pero al levantarse la camisa la ve, ahí. Hace unos años decidió junto con sus amigas hacerse un tatuaje para que nunca olvidaran de donde venían a pesar de que cada una tomaría su camino después de terminar el instituto, sin embargo cada mañana al levantarse la camiseta, esas cinco chicas recordaban lo que eran.
Ruidos, coches, multitud en cada acera que no dejaban de cruzarse en su camino.
-Señorita está molestando.- me dijo un viandante
No le pude responder, simplemente estaba añorando mis raíces con un poco de música, esa que interpreta mi banda cada semana santa al pasar por la plaza principal. ¡Benita gloria aquella!
Y es que lo que hace disfrutar de la vida son tantas cosas, que no tiene tiempo para pensar en tonterías insignificantes.
Ella es la chica a la que le brillan los ojos cuando alguien le hace vibrar, cuando está en medio de la montaña escribiendo en su vieja libreta y la que sonríe cuando ve sus plantas florecer un año más o cuando se para a observar las ventanas de doña Carmen. Ay doña Carmen, si estuviera usted aquí ahora mismo, me encantaría volver a tomar un café con esas galletas de jengibre tan ricas que hace y que continue contándome historietas sobre este maravilloso pueblo hace cincuenta años que por cierto, ¡cómo han cambiado las cosas!
Crecimos por sus calles donde, año tras año, escabullíamos de la gran ciudad para encontrarnos con la mejor versión de nosotros mismos, más libres, más ansiosos de nuevas hazañas pero sobre todo mucho más nuestros.
Las vacaciones significaban pueblo. Y, con él, noches sin hora de vuelta a casa, carreras en bicicleta, tardes de plaza y cartas, conociendo amigos de territorios vecinos. Desde que nacemos se tejen amistades que se hacen invencibles y se siembra alegría para todo el que llegue. Olvidas la televisión, la cobertura, la batería y otras tantas cosas que creías imprescindibles. Los domingos se vuelven especiales. Te pones tus mejores galas y, después de misa para algunos, todo el pueblo se reúne en el bar, que se vuelve un jolgorio de gritos, risas, y preguntas. “¿Y tú de quién eres?” será tu preferida frente a muchas más que se mezclan con las cañas y los mostos, como qué tal te ha ido el invierno, cómo están tus padres, o cómo has crecido, para los más pequeños. Al fin y al cabo, de alguna manera, allí todos somos familia. Tus amigos de la ciudad no comprenden esa amargura con la que vuelves en septiembre.
Cuando cada canción te recuerda a un momento concreto que volverías a revivir una y otra vez. Quizás al último baile de las fiestas, conversaciones para arreglar el mundo una noche bajo las estrellas. O tal vez un beso robado entre la arboleda que se mezcla con la carretera. Aquella que lleva al pueblo de al lado donde, lo puedes asegurar, no son tan majos y tan todo como en el tuyo. Pura rivalidad demostrada en los partidos de fútbol, donde animas a tu pueblo a más no poder e independiente del resultado, te quedas con la sensación de haberles ganado, al menos en devoción.
Con el tiempo hay cosas que cambian.
La edad llega cargada de responsabilidades y no siempre puedes cuadrar tu agenda o convencer a tu jefe de que aquellos días no serán lo mismo sin ti. Por suerte, y como siempre digo, el que algo quiere algo le cuesta. Y al final nunca es tarde para ponerte al volante y volver, siempre volver a casa. Y, una madrugada a comienzos de agosto, camino por sus calles. Huele a años 2019, a sonrisas a medias y canciones cantadas a grito pelado. Huele a amaneceres desenterrados entre el polvo de los recuerdos. Huele a abrazos sinceros, a amistades más fuertes que el acero. De fondo, puedo escuchar esa canción que año tras año me hace perder la vista en la carretera, de vuelta a la ciudad. Son mis amigos, reza Amaral por los altavoces. Y me hubiera abierto el pecho en canal para dejar allí toda esta nostalgia que se iba conmigo.
Que una sola noche hubiera bastado para que, cada año, volvamos a asegurar que ha sido el mejor verano de nuestras vidas.