miércoles, 1 de mayo de 2019

La magia de los pueblos

Ella es la chica que no sabe hacerse moños, la que apenas lleva maquillaje porque siempre le han dicho que la belleza está en el interior, la chica que se ríe tanto que incluso la gente se da la vuelta en medio de la gran plaza para averiguar de donde viene tanto alboroto. En realidad, hablando de alboroto, ella entera lo es.
Siempre tiene ganas de juerga y si se propone tumbarte a cervezas, lo hace. Y luego sale corriendo y grita y se ríe y te mira y te besa. Es la chica que de cierta manera siempre te arrastra a su locura. Ella es la que se pone a bailar y a saltar, suene lo que suene. La que lo deja todo por los suyos, por su tierra, porque allí donde brilla el sol y la gente sale a tomar el aire a la puerta es su verdadero hogar. De hecho le asusta el mar, la corriente es demasiado violenta en esa época del año. Ella es la chica que te lo cuenta todo tal como lo siente, sin tapujos, sin mentiras que hacen daño y por supuesto es la que nunca te va a juzgar por como seas. Jamás te montará un drama ya que no le gusta perder el tiempo con tonterías, bastante tiene ya con la Universidad en esa capital que le está comiendo por dentro lentamente, parece no dejar secuelas pero al levantarse la camisa la ve, ahí. Hace unos años decidió junto con sus amigas hacerse un tatuaje para que nunca olvidaran de donde venían a pesar de que cada una tomaría su camino después de terminar el instituto, sin embargo cada mañana al levantarse la camiseta, esas cinco chicas recordaban lo que eran.
 Ruidos, coches, multitud en cada acera que no dejaban de cruzarse en su camino.

-Señorita está molestando.- me dijo un viandante 

No le pude responder, simplemente estaba añorando mis raíces con un poco de música, esa que interpreta mi banda cada semana santa al pasar por la plaza principal. ¡Benita gloria aquella!
Y es que lo que hace disfrutar de la vida son tantas cosas, que no tiene tiempo para pensar en tonterías insignificantes. 
Ella es la chica a la que le brillan los ojos cuando alguien le hace vibrar, cuando está en medio de la montaña escribiendo en su vieja libreta y la que sonríe cuando ve sus plantas florecer un año más o cuando se para a observar las ventanas de doña Carmen. Ay doña Carmen, si estuviera usted aquí ahora mismo, me encantaría volver a tomar un café con esas galletas de jengibre tan ricas que hace y que continue contándome historietas sobre este  maravilloso pueblo hace cincuenta años que por cierto, ¡cómo han cambiado las cosas!

Crecimos por sus calles donde, año tras año, escabullíamos de la gran ciudad para encontrarnos con la mejor versión de nosotros mismos, más libres, más ansiosos de nuevas hazañas pero sobre todo mucho más nuestros.
Las vacaciones significaban pueblo. Y, con él, noches sin hora de vuelta a casa, carreras en bicicleta, tardes de plaza y cartas, conociendo amigos de territorios vecinos. Desde que nacemos se tejen amistades que se hacen invencibles y se siembra alegría para todo el que llegue. Olvidas la televisión, la cobertura, la batería y otras tantas cosas que creías imprescindibles. Los domingos se vuelven especiales. Te pones tus mejores galas y, después de misa para algunos, todo el pueblo se reúne en el bar, que se vuelve un jolgorio de gritos, risas, y preguntas. “¿Y tú de quién eres?” será tu preferida frente a muchas más que se mezclan con las cañas y los mostos, como qué tal te ha ido el invierno, cómo están tus padres, o cómo has crecido, para los más pequeños. Al fin y al cabo, de alguna manera, allí todos somos familia. Tus amigos de la ciudad no comprenden esa amargura con la que vuelves en septiembre.
Cuando cada canción te recuerda a un momento concreto que volverías a revivir una y otra vez. Quizás al último baile de las fiestas, conversaciones para arreglar el mundo una noche bajo las estrellas. O tal vez un beso robado entre la arboleda que se mezcla con la carretera. Aquella que lleva al pueblo de al lado donde, lo puedes asegurar, no son tan majos y tan todo como en el tuyo. Pura rivalidad demostrada en los partidos de fútbol, donde animas a tu pueblo a más no poder e independiente del resultado, te quedas con la sensación de haberles ganado, al menos en devoción.


Con el tiempo hay cosas que cambian. 

La edad llega cargada de responsabilidades y no siempre puedes cuadrar tu agenda o convencer a tu jefe de que aquellos días no serán lo mismo sin ti. Por suerte, y como siempre digo, el que algo quiere algo le cuesta. Y al final nunca es tarde para ponerte al volante y volver, siempre volver a casa. Y, una madrugada a comienzos de agosto, camino por sus calles. Huele a años 2019, a sonrisas a medias y canciones cantadas a grito pelado. Huele a amaneceres desenterrados entre el polvo de los recuerdos. Huele a abrazos sinceros, a amistades más fuertes que el acero. De fondo, puedo escuchar esa canción que año tras año me hace perder la vista en la carretera, de vuelta a la ciudad. Son mis amigos, reza Amaral por los altavoces. Y me hubiera abierto el pecho en canal para dejar allí toda esta nostalgia que se iba conmigo. 
Que una sola noche hubiera bastado para que, cada año, volvamos a asegurar que ha sido el mejor verano de nuestras vidas.

Mi piel es un incendio que sólo puede apagar tu boca

Te juro que no tenía ganas de querer a nadie, y aquí estoy, con ganas de que nunca te canses de mi.
Amor, es tu primer cumpleaños conmigo y espero que sean miles más porque me da tanto miedo pensar en tu boca y que a ti te deshagan otras, que se me erice la piel si me miras y a ti se te claven los ojos en la mente. Saber que te quiero y que tú no sepas qué quieres, ponerme entre tú y la pared y que  no valores ese instante. Me da tanto miedo el hecho de volverme loca y que tú no lo hagas por mi  que voy a arriesgar todo lo que tengo ahora mismo  para que estos miedos nunca salgan al exterior,  que nunca se den a conocer y permanezcan en ese rincón del ático del alma.

Quizá no sepa querer, pero sólo con mirarte sé cuándo necesitas un abrazo de esos en los que te duermes y pueden pasar horas y horas
que tú seguirás ahí.

Con tu respiración acorde  a mi pecho,
que se eleva en cada suspiro.

Que me he perdido en las constelaciones de tu espalda más de un millón de veces
porque ,ya ves, el Universo no tiene nada que envidiarte y aquí ves la importancia de estos regalos. Contemplar la luna es observar a quien llevamos en el corazón y sentirnos queridos porque a pesar de la distancia sabemos que están ahí, con nosotros, siendo plena primavera en este desolado y frío invierno. Porque hay noches en la que los lobos brillan y la luna aúlla.

Quizá no suela decir los"Te echo de menos” o “Te quiero” que debería o incluso  demostrarlo, pero sé cómo matarte a carcajadas, cuando lo único que quieres es romper a llorar.

Posiblemente mi orgullo me gane el pulso más veces de las que respiro y mi cabezonería quiera anteponerse a todo, pero pongo la mano en el fuego —y estoy totalmente dispuesta a quemarme— que dudo que  puedas encontrar a otra loca de remate con tan poca cordura como yo que te quiera una milésima menos.

Tal vez haya días en los que necesite esconderme del resto del mundo, en los que no quiera siquiera levantar el ánimo que me voy pisando con los pies, pero te aseguro que es ahí cuando te estaré queriendo con más fuerzas, como yo sé. Así, en silencio, pero con besos, besos de los que te recorre un escalofrío por todo el cuerpo, besos de los que echas de menos un domingo por la noche en Almería o incluso ese tipo de besos que solo encuentras en mi, porque no cualquiera puede extraer esa sonrisa que muestras cada vez que  me ves subiendo las escaleras camino a la habitación.

Dudes las veces que dudes, y duela las veces que duela compañero de viajes, compañero de vida, no me sueltes de la mano porque sé que me perdería.

Está claro que muchas veces los milagros son personas y me atrevería a cerrar los ojos y abrir el alma ya que me siento rara cuando no tengo tus mensajes 
de buenos días,
de buenas noches,
de buena vida.
Y ves, podemos querernos tanto que hasta la distancia tiembla de miedos.
Besarte es entender que, muchas veces, la poesía para ser poesía no necesita ser escrita.
Mi piel es un incendio que solo puede apagar tu boca y joder, ojalá te quedes siempre.


Jg

Madrid te comería a versos

Y de repente, allí me encontraba, en plena Plaza Jacinto Benavente con un grupo de jóvenes que resultaban ser mis compañeros de clase, o mejor dicho, mis compañeros de vida que nos disponíamos a pasar tres  días cualquiera en la capital de nuestro país, sin embargo, no sabíamos que esos tres insignificantes días nos cambiarían la vida totalmente, siendo capaz-una vez más- de dar una vuelta de 360º a nuestros corazones ilusos y esperanzados.
Calles llenas de jóvenes, magia en cada pisada, sonrisas que clavan y cabezas agachadas repletas de sueños, repletas de ganas de salir para comerse el mundo.
Yo que nunca creí en los espejos.
Que apartaba la vista si veía reflejada mi tristeza en un cristal destrozado por la lluvia que recorría mi rostro y se posaba en las mejillas haciendo auto-stop por si alguien quería pararse a por mi.
Que tenía la autoestima por el suelo justo en la habitación de al lado de mis miedos, siendo el guardián del pasillo, la desmoralización y el engaño. 
Que me daba pavor el invierno y sus calles frías.
Que siempre  confiaba en los demás por encima de mi misma.
Yo, que me sentía la aguja del pajar que nadie encontraría, que lamía cada una de mis heridas para curarlas impidiendo el paso. Hace mucho tiempo que colgué el cartel de “Paso restringido, solo personal autorizado” ¿Qué personal si solo existía yo en todo este mundo de oscuridad?- pensaba mientras miraba por la ventana de la habitación 511 del hostal clavando la mirada en Puerta del Sol y su encanto.
Hoy, que son cicatrices abiertas a todos los públicos con entradas gratuitas a los que estuvieron a mi lado en esos momentos agridulces. Que todas esas heridas cuentan con numerosas salidas de emergencias en cada pasillo, que no me ruboriza coger de la mano a la soledad. 
Yo, que le debo miles de importes a mi piel por no pagar a tiempo el amor hacia uno mismo, estoy escribiendo este pequeño texto enfrente de una ventana junto al Teatro Calderón, y oye, gracias Madrid por encontrarme una vez más.
Y si, te voy a querer por todos los enamorados engañados que te lo prometieron y no cumplieron.
Te voy a hacer el amor por todos los que alguna vez te deshicieron.
Y esto no es una promesa sino un aviso, 
yo no prometo, sólo cumplo.

Siempre estaré en deuda contigo, Madrid