Está siendo un verano muy diferente.
Un verano marcado por las miradas que ahora parecen hablar más que nunca, que ahora parecen expresar todo lo que antes era un beso.
Un verano más de cortijo que de playa, más de vaqueros que de bikinis de rayas, más de familia que de amigos a los que no les importas nada.
Un verano con menos viajes pero más despedidas. Menos sueños pero más metas conseguidas. Y si, es la época más ática que hemos vivido jamás y no te voy a mentir; tengo miedo. A veces, pienso que esa frase tan mía de “El último baile y nos vamos” nunca podrá repetirse, pero quizás el que viene o el otro o quizás el otro, pero por favor quiero seguir estando a 32 de agosto en pleno sol de mediodía, muerta de hambre y con la cerveza bien fría, porque a decir verdad, deberían poner al verano una multa por exceso de velocidad.
Una cosa es cierta y es que este verano nos esta dando una buena lección a todos. Nos está mostrando el significado de la palabra “amar” con todas sus acepciones, desde la “a” a la “z” pasando por tu cuerpo hasta llegar a la lengua.
Que no es el sitio ni la hora, que son las personas.
Que aunque las terrazas estén vacías, la música apenas suene y estemos en cuarentena, el verano nos ha enseñado quienes merecen la pena y con quien nunca valdrá la espera porque esa será la gente que nos llena.
Giramos la cabeza hacia atrás y qué triste es tener que vivir una pandemia mundial para darnos cuenta de lo que es real, qué triste es tener que enfermar para poder descansar o que haya un virus que nos haga reflexionar.
¿Pero sabéis que?
Como cuando la arena te quema los pies y te da igual porque sabes que a unos metros está el mar y allí todo se esfumará. Así, exactamente así es como deberíamos vivir
Y yo, sin más, me despido de este verano tan irregular.
¡Hasta pronto!
No hay comentarios:
Publicar un comentario