viernes, 30 de agosto de 2019

El gran día

Hoy era mi gran día. Me invité a cenar para ponerme uno de los mejores vestidos que guardaba mi anciano y desolado armario. Hacía tiempo que no quedaba para tomar algo y temía que los nervios me jugaran una mala pasada.
Labios rojos, ojos grandes y mirada inquieta.
Noche de verano, calor y buen sabor de boca en la maleta.
Todo había sido planeado para ir a la perfección. Todo va a salir bien- me juré una y mil veces en mi cabeza. Y si, allí estaba yo sentada en la terraza de un bar cualquiera dispuesta a devorar una pizza familiar al lado de esa preciosidad, ¡pedazo de chica!- pensé nada más verla.
Esta muchacha era de las que confiaba en ella más que en nadie, de las que organizaba partidos de volleyball a las  seis de la tarde con la única intención de juntar a las amigas y pasar un buen rato, de las que un beso en la frente significaba llenar el cielo de estrellas para formar la constelación más sincera del planeta. Ella era de las que paseaba por el mundo sin agarrarse a nada, las barandillas estorbaban y no dejaban paso al atrevimiento y mucho menos al límite que eso conllevaba. A veces incluso salía sola de bar en bar a conocer gente nueva, “diversidad” era su palabra favorita. Era de las que cantar a los cuatro vientos nunca había sido un problema y por favor, no hablemos de  timidez, eso pasó de moda hace unos años señora, gritad, gritad bien alto que estamos aquí para dejar huella.

Con el tiempo me di cuenta de que esa chica de aquella noche no era nadie, simplemente se trataba de un vago reflejo de lo que me gustaría haber sido y no fue por miedo a encontrarme.

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